2/11/12

Ánimos, ánimas y demás familia













Este año, aunque no hubo ánimos para enfrascarse en una aventura tan descabellada como desconcertante del anterior, sí hubo una grandísima leyenda, así que las Ánimas acudieron prestas a su cita con la medianoche de su día. A las faldas de su monte, entre los Arcos y San Polo, y a las orillas de mi casa, las escuché llegar entre un silencio sepulcral solo roto por la aureola de una voz que resonaba profunda por entre las sombras de mi cabeza y las ascuas que brotaban del río. 
Algunas ánimas proclamaban que esa voz nítida que escuchaban era la de Morgan Freeman, posiblemente grabada hace 50 días, cuando anduvo bien muerto durante unas cuantas horas por la red, mientras que otras aseguraban que no, que era la voz del mago Gandalf, el de la Tierra Media, que estaba de invitada con unos animosos rumanos a la temporada de psylocibes...
A saber.

Ahora bien, lo que sí puedo asegurar es que esas palabras tan profundas, casi tan cavernosas como las de nuestras pulcras conciencias -y que anoche retumbaban cadenciosas por entre los ecos de los chopos-, eran emitidas por la voz del mismísimo Bécquer, Gustavo Adolfo, que andaba contando una batallita de las suyas acerca de los contornos entre los que me voy difuminando desde hace más de 20 años.

Y eso, ahora, cuando camino solitario por entre esos reflejos que aparecen todos los días por las veredas del amanecer, pues, no sé, acojona. Y mucho.
Así que ando como encantado.


Aquí el audio de la leyenda del Monte de las Ánimas por Pepe Mediavilla