Todos los niños tienen un paraíso aunque, en mi caso, tuve dos; uno era para el invierno y el otro para el verano. El primero lo encontré a los 3 años, aunque no lo descubrí hasta algún tiempo después, momento en que me asalta su primer recuerdo. Entonces contaba 5 ó 6 años y el paraíso estaba en el Puerto de Piqueras y lo llamaban "el Cabezo"; era una inmensa montaña empinada …-la más alta del mundo- que los domingos subíamos andando para bajarla después esquiando. Por entonces el único refugio que teníamos era el autobús que nos subía, un Barreiros destartalado -y guiado por un adorador del anís que siempre nos condujo de regreso a casa-, hasta que construyeron un impresionante albergue de piedra a sus pies, con habitaciones, bar, restaurante con macarrones y una enorme chimenea que sempiternamente estaba repicando. Fue también por aquel entonces cuando, con un viejo motor de un camión Wolsvagen diesel que pusieron casi en la misma...