El 14 de agosto de 1936 Matías Bonilla tenía escasos 10 años y esa misma mañana -víspera de la fiesta grande- se la había pasado trasteando con sus amigotes por el río, el cual les había proporcionado un suculento botín: dos cangrejos, una cola de lagartija y la cabeza de una vieja muñeca que parecía haber llorado mucho. Se trataba de una de esas muñecas manufacturadas en papel maché, harina fina y cola de carpintero y, sin duda, se trataba de un juguete nada habitual en las casas de los niños del pueblo de Matías que, a lo sumo, disfrutaban de algún muñecajo tallado en madera de enhebro por el abuelo Tomás, el cual los iba modelando a navaja con algo más de paciencia que habilidad. Pero tenía claro que esa muñeca no era de aquí, de Barcones, un pequeño pueblo soriano del Marquesado de Berlanga bañado por el incipiente Río Escalote. Si le apurabas, Matías podría incluso asegurar que en todo el páramo, de la Riba hasta Rello, nadie de la chiquillería había tenido un muñeco ...